MINIATURA DEL BOSQUE SOBERNAO

Por: Manuel Gregorio Paternina Álvarez, Delegado Diocesano de Comunicaciones.

“Miniatura del bosque soberano
y consentida del vergel y el viento,
los campos cruza en busca del sustento,
sin perder nunca el colmenar lejano" (Enrique Álvarez Henao).

 Estos versos inspirados por la grácil figurita de la abeja humilde, le calan a todos esos entes que cuanto más nimios mayormente indispensables son en el Kosmos, cuyo nombre helenístico define su frágil equilibrio planetario.

El Papa Francisco nos dejó un magno reto llamado Amazonía, que no está circunscrito sólo al territorio dominado por varios países suramericanos sino que abarca cuanto sitio destila biodiversidad. Es nuestro Chocó Pambiótico, es la mítica Sierra Nevada de Santa Marta, son los encantados contornos del Nudo del Paramillo con sus leyendas espeluznantes cuyo fondo mitológico es proteger con celo atávico sus tesoros hídricos, botánicos, faunos y geológicos de toda especie. Es el Nevado del Ruíz, Galeras, el Páramo de Santurbán alevemente regalado a los árabes por el gobierno de Turno. Es Cañocristales mágico. Es la Serranía de la Macarena y todas las serpientes sin ojo, nuestras arterias fluviales así nombradas por nuestros ancestro Abyayalenses... por favor castígame tú, lector mío, lectora mía por silenciar tantas otras Amazonías, condenándolas al olvido aniquilador de los dueños del mundo.

Sólo instantes hace que un mototaxista, preguntándome, "¿qué vamos a hacer, padre con estos calores?, culpó a Dios diciendo que son castigos suyos por nuestra maldad. Le respondí: "Dios nunca ha hecho nada malo ni lo hará. ¿Por qué lo calumniamos de seguido dándole la autoría de nuestras maldades? Él hizo un Paraíso y nos nombró administradores. A Él rendiremos cuentas de nuestra administración." "En la tarde de la vida te examinarán en el amor" dictaminó San Juan de la Cruz.

Una pequeñita papilio papilionis danzando al viento sobre una hoja me dijo de cuánto me necesita su especie. Pero ella no sabe que soy yo quien necesito de su brevísima existencia.

Las mariposas son el fruto de una metamorfosis fascinante. Ponen sus diminutos huevecillos bajo las hojas de las plantas. Eclosionan repulsivos vermes que devoran el follaje de los vegetales en menos de lo que canta un gallo. En ese lapso fugaz del tiempo mueren por la mano del jardinero cruel, el ganadero avaro, los otros predadores de toda índole. Sólo un ínfimo número logra hacerse crisálida para maravillarnos luego con alas polvorientas de colores de hipnotismo.

Cuánto respeto se merecen estos seres pero a cambio reciben maldiciones, conjuros implacables, por parte de quienes más los necesitamos.

Nuestros indígenas, igual que el reino invertebrado, nos hablan con su amor acendrado por la naturaleza. Ellos saben que ningún espécimen sobra y que el concierto de todos hace el milagro de la vida. Atropellar con el Esmad y la fuerza pública a estos seres indefensos y que tienen autoridad de sobra para aleccionarnos, es el acto más cruel al que puede llegar el Estado. Ellos son anteriores al Estado que surgió precisamente para salvaguárdalos.

El Papa nos dejó una pregunta: "Pienso, sobre todo, en la arcana sabiduría de los pueblos indígenas amazónicos y me pregunto si somos tan capaces de aprender de ellos la sacralidad de la vida, el respeto por la naturaleza." Ya en Roma, ha convocado a la Iglesia para un sínodo sobre la Amazonía. 

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