LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS DEL PAPA EN COLOMBIA, MOTIVO DE RECUPERAR LA DIGNIDAD DE NUESTRAS CELEBRACIONES

Por el pbro. Fredy Laín Silva Cahaparro, Delegado Diocesano de Liturgia

Mucho se ha hablado de la visita del Obispo de Roma y Vicario de Cristo, el papa Francisco. Hoy me quiero centrar en algo más que sus discursos, que movieron muchos corazones pues también es el momento de hablar de lo que muchas veces creemos que es segundario pero es el centro de nuestra vida cristiana: las Celebraciones litúrgicas, en especial las celebraciones de la Eucaristía que el santo padre presidió.

El santo padre en sus celebraciones litúrgicas en nuestro país manifestó que el respeto a las normas establecidas expresan el amor y la fidelidad a la fe de la Iglesia, al tesoro de la gracia que custodia y transmite, y que la belleza de las celebraciones, mucho más que las innovaciones y las adaptaciones subjetivas, evangeliza de forma duradera y eficaz.

De ahí que debemos tomar conciencia de que la liturgia es la celebración del acontecimiento central de la historia humana: el sacrificio redentor de Cristo. Mediante ella (la liturgia), da testimonio del amor con que Dios ama a la humanidad, y de que la vida del hombre tiene un sentido, que está llamada a participar de la vida gloriosa de la Trinidad. La humanidad tiene necesidad de ese testimonio. Tiene necesidad de percibir, a través de las celebraciones litúrgicas, la conciencia que tiene la Iglesia del señorío de Dios y de la dignidad del hombre.

Por eso la liturgia ha de ser bella, y sólo puede serlo porque Cristo mismo es el centro de la celebración y del sacrificio. El mismo Cristo nos dio el modelo de la sagrada liturgia en la Última Cena, el cual se ha ido transmitiendo y desarrollando orgánicamente por medio de la Tradición de la Iglesia. Y eso fue lo que el papa nos enseñó en la manera de celebrar cada uno de los ritos litúrgicos.

Y pudimos constatar que la inculturación la aplicó a lo que el mismo vaticano II había dicho hace 50 años. No es el cambiar los ritos, y lo constatamos principalmente en la celebraciones que se realizaron en Villavicencio y Bogotá, donde se vio reflejada la inculturación de la liturgia a través del uso de los instrumentos musicales típicos de esas regiones, y en la sencillez y sobriedad con que se celebraron.

Por tanto, hay que reconocer que en algunos momentos de nuestras celebraciones, ha prevalecido cierta mediocridad, superficialidad y banalidad en detrimento de la belleza y de la intensidad de las celebraciones litúrgicas.

Bien cabe en esta reflexión las palabras del mismo papa Francisco en el congreso de música sacra realizado a principios de este año en Roma en el cual él dijo que se debe procurar que la música y los cánticos de la misa "estén plenamente 'inculturados' en los lenguajes artísticos y musicales actuales (para) hacer vibrar el corazón de nuestros contemporáneos", y fue lo que constatamos en dichas celebraciones de Colombia.

Por ello nuestras celebraciones litúrgicas no pueden reducirse a un encuentro formativo (aunque lo es); ni a una oración pública (aunque es su forma más completa y fundamento y escuela de toda oración cristiana); ni a un momento festivo de la comunidad (aunque se expresa como la fiesta más auténtica de los creyentes). La Liturgia es Dios con nosotros. Es presencia y comunicación del amor que Dios es. Es experiencia humana trascendental (aquí está la realidad fundante de toda mística cristiana). En ella nace y se desarrolla cada cristiano y la Iglesia misma, a partir de la comunión con /en Dios. Es prenda y pregusto de vida eterna. En ella, como enseñó ya con tanta agudeza santo Tomás de Aquino (CEC 1130, nota 48), pasado y futuro se “comunican” en maravillosa actualidad de presencia para fundar la fe en el acontecimiento histórico, en la conciencia personal actual y mostrar su plenitud de gracia y acabamiento, que se hace real y universal (abierta a todos) vocación a la santidad (CEC 1130. 1136-1139; a leer en relación con LG V, nn. 39-42).

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