dirigimos a todos los colombianos y colombianas una palabra afectuosa que brota de
nuestro corazón de pastores, a la luz del Evangelio que alimenta y sostiene nuestra
esperanza.
Durante estos días de discernimiento, hemos
considerado la formación inicial de los futuros sacerdotes de modo que,
profundamente arraigados en Jesucristo y movidos por su Espíritu, lo hagan presente;
caminen con el pueblo de Dios y la familia humana; reconozcan, valoren y escuchen
a todos como hermanos; contribuyan, a través del servicio, al respeto y desarrollo de
la magnífica humanidad que somos y compartimos; y construyan puentes, allí donde
se levanten muros de separación. También nosotros, como obispos, nos reconocemos
llamados por Cristo a la conversión para escuchar con atención, dialogar
recíprocamente y ser signos de comunión.
En la realidad actual del país reconocemos y
valoramos la nutrida y pacífica participación del pueblo colombiano en los recientes
comicios electorales, signo manifiesto de madurez democrática, y de aprecio y
respeto por las instituciones. Consideramos condiciones y señales de paz el respeto y
la aceptación de la voluntad del pueblo colombiano expresada en los resultados de
las urnas.
No obstante esta valiosa participación, nos duele
y preocupa la división que se agudiza. Lamentamos que se estimule la confrontación
y se armen de agresividad y violencia las palabras y actitudes que no solo hieren, sino
que provocan el desgaste generalizado, el descontrol emocional y la violencia.
Apreciamos la diversidad de modos de ser, sentir y pensar entre nosotros; no
renunciamos a integrarnos y a aprender a desarrollar una cultura del encuentro que
haga posible la pluriforme armonía (cf. Papa Francisco. Evangelii Gaudium, 220).
Esperamos que nuestros gobernantes asuman su
responsabilidad constitucional de custodiar y fomentar la unidad, la búsqueda del
bien común en la verdad y la justicia, y un proyecto de nación que nos incluya a todos,
sin desconocer lo construido y recibido como legado y tarea. Renovamos el llamado
al pueblo colombiano a desarmar las palabras, a no permitir que se fracturen nuestras
familias, comunidades, instituciones y la nación. Insistimos en la necesidad de buscar
el bien común que nos da vida como pueblo. Somos una realidad viva donde
aprendemos todos a reconocernos, vinculados los unos a los otros y corresponsables
(cf. Papa León XIV, Magnifica Humanitas, 62).
Dirigimos nuestra mirada solidaria hacia nuestros
hermanos venezolanos en medio de la tragedia ocasionada por los sismos que han
golpeado su territorio. Mantenemos la oración por las numerosas víctimas, sus
familias y damnificados e intensificamos la ayuda humanitaria, invitando a todos a
unirse generosamente.
Encomendamos el presente y el futuro de la
nación a la Bienaventurada Virgen María, Nuestra Señora del Rosario de
Chiquinquirá, Patrona de Colombia, cuya sagrada imagen se renovó milagrosamente
hace 440 años, y confiamos la búsqueda del perdón y la reconciliación del país a la
intercesión de San Juan Pablo II, quien peregrinó hace cuatro décadas “con la paz de
Cristo por los caminos de Colombia”.